siempre.

Hay días en los que se permiten las lágrimas. Días en los que la piel se estremece, y se anuda en nuestros corazones ingenuos una sensación volátil, extraña. ¿Y sabes…? Llevo demasiado tiempo evitándola. Creo que intenté enterrar bajo mi cuerpo todo el miedo, toda la tristeza que me produce que te vayas. Y escondí mis heridas entre suturas inestables y el paso de los días. Y el dolor se abrazó al olvido, y a todas las cosas que hacían posibles seguir adelante. Todavía me siento incapaz de enfrentarme a esta página en blanco; de afrontar que esto te lo dedico esto a ti, Mandru, porque eres tú la que se marcha; de que se me van esos paseos tardíos de inviernos que no son inviernos y veranos que no parecen llegar nunca; y esa mirada tímida y castaña que sabe entenderme aunque no haya dicho nada. Cotilleos, tintes para el pelo y bufandas. Y todas esas fotos en el fotomatón completamente inesperadas. Voy a odiar no compartir odios contigo; que me llames ‘tronchón mío’, y que eso me recuerde a esas clases de francés en las que nos gustaba darle un significado nuevo a todas esas palabras tan raras. Acordarme del callejón diagon y de todas esas canciones del Nirvana. Y de como me apretaste la mano cuando me hice mi primer tatuaje. Sigue leyendo

el ayer no vuelve a mi baúl viejo

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Ayer soñé. Soñé que me compraba un baúl raído y polvoriento para guardar todos mis sueños dentro. Las cámaras analógicas, ese centenar de revistas de moda y algunos de mis cuadernos. Y cuando, con todas mis fuerzas, lo arrastraba por el suelo, me di cuenta de que, para que ese baúl encontrase un sitio en mi cuarto, tenía que tirar un montón de recuerdos. Dejé el baúl a un lado, y con pasos lentos, me dirigí hasta ese pequeño armario de madera cuarteada y segundos pasados, en los que de pequeña guardaba todas las cintas VHS de mis películas favoritas. ¿Hacía cuánto no las usaba, ocho, nueve años? Sabía que había llegado el momento de tirarlas, eran demasiadas. Sólo que en todas sus carcasas, se abrazaban todas esas horas que me abandonaron rápidas y silenciosas. Todos esos instantes en los que creía en el bien y en la magia; En que los deseos se cumplen si los pides con fuerza; En que el tiempo jamás nos abandona. Pero no es verdad. Nada de todo eso es verdad, y ahora me siento engañada y sola. ¿Por qué no puedo volver?¿Por qué la vida no me enseñó a valorar más cada uno de esos días, que se escurren rápido entre nuestras manos de niño, llenas de pintura y tierra? Ya se han ido. Sé que ya no volveré a ser pequeña. Y ahora sólo tengo un baúl lleno de un futuro incierto en esta habitación llena de polvo y esperanza. Porque es mentira, no lo he soñado. Ayer tiré mis películas, y hoy no puedo pensar más que en todo lo que se perdió en el tiempo y en esa herida que sigue profunda y abierta. 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

la sombra que no me abandona

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Hace ya tiempo, hace ya quién sabe cuánto tiempo, sentí que me perseguía una sombra. Fue una sensación momentánea, algo tan imperceptible y efímero como una voz repitiéndose en el eco, como el olor a primavera al final del invierno. Pero aun así, sentí cómo mi piel se erizaba, cómo mis dedos temblaban. Y sé que en realidad no era miedo la emoción que se enredaba en mi cuerpo. Sino desconfianza. Desconfianza en la que solemos escudar todos esos sentimientos que no entendemos. Y justo en ese instante, cuando decidí girarme para descubrir quién había detrás de tanto misterio, la sombra desapareció en el tiempo. No volví a verla. No volví a sentir aquello. Pasaron días, meses, y una vida entera llena de sueños. Una vida que hoy, sí, hoy sé que se acaba. No puedo dejar de mirar las arrugas que recorren mis manos. Es como si quisiesen dibujar el mapa de todas esas vivencias, de todos esos recuerdos que hoy me sustentan. Vuelvo a ver mi sonrisa agazapada en tus ojos despiertos, y el viento meciendo mi pelo desde la ventanilla del coche. Mis pies bajo la arena de esa playa desierta, esos rostros de niños inocentes dormidos en la caída de la noche. Ya ha pasado. Ya desaparezco. Y no puedo más que abrazar a la vida por darme todos esos instantes. Cierro los ojos un momento, pero… De pronto lo veo. Es esa sombra otra vez, acariciando mi mejilla despacio. No me deja dormirme, se aferra con fuerza a mi brazo, pidiéndome que resista un instante más, que no me vaya sin ella. Pero no sé acariciarla, no puedo tocarla. Y ella se enfurece, se revuelve cada vez más sobre la oscuridad que la envuelve. Veo que intenta rozar mi cuerpo inerte, y devolverme a mi corazón el latido que no vuelve. Creo que quiere salvarme, arrancarme de las manos de la muerte. Pero no puede. No puede. Y llora. Porque sabe que no va a acompañarme. Porque no va a volver a salvarme del resto de sombras que, a diferencia de ella, sí quieren matarme.

 

Foto y texto © 2014 Paula Méndez Orbe