siempre.

Hay días en los que se permiten las lágrimas. Días en los que la piel se estremece, y se anuda en nuestros corazones ingenuos una sensación volátil, extraña. ¿Y sabes…? Llevo demasiado tiempo evitándola. Creo que intenté enterrar bajo mi cuerpo todo el miedo, toda la tristeza que me produce que te vayas. Y escondí mis heridas entre suturas inestables y el paso de los días. Y el dolor se abrazó al olvido, y a todas las cosas que hacían posibles seguir adelante. Todavía me siento incapaz de enfrentarme a esta página en blanco; de afrontar que esto te lo dedico esto a ti, Mandru, porque eres tú la que se marcha; de que se me van esos paseos tardíos de inviernos que no son inviernos y veranos que no parecen llegar nunca; y esa mirada tímida y castaña que sabe entenderme aunque no haya dicho nada. Cotilleos, tintes para el pelo y bufandas. Y todas esas fotos en el fotomatón completamente inesperadas. Voy a odiar no compartir odios contigo; que me llames ‘tronchón mío’, y que eso me recuerde a esas clases de francés en las que nos gustaba darle un significado nuevo a todas esas palabras tan raras. Acordarme del callejón diagon y de todas esas canciones del Nirvana. Y de como me apretaste la mano cuando me hice mi primer tatuaje. Sigue leyendo

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el dolor enterrado

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Caminaba decidida entre senderos cruzados. Era como si toda esa maleza hubiese sido incapaz de borrar el rastro; como si hubiese elegido no adentrarse entre todo ese dolor todavía impregnado en aquel valle desolado. Seguí caminando. Y sin poder evitarlo, dirigí mi mirada hacia esa silenciosa montaña enredada en las nubes más algodonadas, y de apariencia noble y sosegada. Y noté el temblor en mis manos; la respiración entrecortada, y el deseo ferviente de detener mis pasos. Si seguía caminando me adentraría de lleno en aquella herida abierta; en todos esos corazones sin latido inertes bajo la tierra. Respiré hondo y cerré los ojos. Y un murmullo solitario capturó mi mente indecisa, inexperta. La voz grave y acartonada de una mujer conquistó mi mente y la hizo presa de su grito de auxilio eterno, de toda su pena. Y entre sus lágrimas enterradas entre la niebla espesa que ya me rodeaba, me paralizó el tacto de un cuerpo extraño agitando mi hombro con firmeza. Abrí los ojos, acobardada. Y sin apenas buscarlo, Sigue leyendo

la niebla roja III

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(Primera parte: https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/04/27/lanieblaroja/

Segunda parte: https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/05/11/la-niebla-roja-ii/)

Lucas se encogió asustado. Suspiró y se detuvo frente a todos esos ojos extraños. Tenía miedo. Miedo a que todas esos rostros turbados, de pronto, se acercasen a su cuerpo endeble y pequeño, y castigasen su espíritu aventurero. Temblaron sus manos. Y también su corazón inquieto. No podía dejar de mirar a un hombre de la primera fila, que ya le enseñaba sus dientes negros. Ni a esa mujer anciana con la mirada grisácea y la cara mordida en un centenar de arrugas decididas. ¿Qué estaban haciendo todos ellos allí? ¿Acaso habrían tocado la niebla roja igual que él había hecho? El autobús arrancó, y el mismo hombre que le había acompañado, le señaló, todavía inmerso en su traje negro y áspero, la parte trasera de aquel vehículo destartalado. Lucas suspiró un momento, y tras ello, caminó deprisa, descubriendo a otros niños con el mismo miedo atravesándoles, como a él, el cuerpo como flechas punzantes e improvistas.

Se sentó decidido al lado de un chico con la capucha puesta. No quiso mirarle. Sino todo lo contrario. Lucas escondió su rostro bajo sus manos de niño ya casi grande, y sintió el movimiento capturándole. ¿A dónde iban? Sigue leyendo

el tiempo no espera

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Una noche de frío y niebla, Edimburgo me invitó a pasear. No sé por qué pero, cuando ya estaba bajo la suavidad de las sábanas, sentí la necesidad de escurrirme de puntillas por la habitación de aquel hotel barato, y abrazarme al frío sin pensarlo; De caminar sin dirigir mis pasos; De perderme entre los muros de aquella ciudad donde los años parecían nunca haber pasado. Tras horas sin descanso, sentí cómo mi cuerpo empezaba a estremecerse en un centenar de delirios que le causaba aquella ciudad de historias heladas y sentimientos enterrados. Era como si pudiese leer las verdades escritas en cada una de las paredes que cimentaban aquellas casas y que se habían perdido en el misterio, en el polvo, y todos esos segundos pasados. Sigue leyendo

carretera infinita

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El sol de mediodía, y tú y yo en esta carretera todavía empapada de esas historias del pasado. Conduzco deprisa, sin poder dejar de mirar cómo tu pelo se mece en la brisa veraniega que ya abraza tus pestañas de ensueño. Tienes los ojos cerrados, y tus pensamientos enredados en todas esas nubes que aun entristecen tu rostro. Y aunque no quieres enseñármelas, no puedo reparar en todas las lágrimas que descienden ya por tus mejillas, ocultando entre esas diminutas pequitas, el dolor que ya te desgarra por dentro. Tus manos se aferran con fuerza a tu cuerpo, como queriendo reforzar la calidez que parece perderse en todos los recuerdos. En todo lo que te da miedo. Y quiero abrazarte. Quiero decirte que todo irá bien, que la vida sigue y todo lo que necesites llegará pronto. Que eres grande aunque te sientas pequeña, y que jamás debes abandonarte así al sufrimiento. Y que te quiero. Que te quiero y vendería el mundo entero, con tal de que tú encontrases la paz que perdiste hace tiempo. Pero todavía no lo hago. Ahora agarro con fuerza tu mano, buscando esa mirada de ojos castaños, para asegurarte con los míos que siempre estaré contigo. Pase lo que pase, tú y yo siempre nos encontraremos en esta carretera infinita, juntas, en busca de todos nuestros sueños.

 

Foto y texto 2014 @ Paula Méndez Orbe