Martes, 18 de Noviembre

©Paula Méndez Orbe

©Paula Méndez Orbe

Una brisa sutil, cercana, acariciando las ventanas. El revoloteo de los pájaros y sus alas adormecidas en el rocío de una noche olvidada. Uno, dos parpadeos. El llanto de un niño abrazándose al sueño eterno. Persianas y más persianas. Un motor poniéndose en marcha. El tacto suave de las sábanas. Respiraciones templadas. Abro los ojos. Sigue leyendo

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el valle de espinas y sueños imperfectos

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El brillo de una luna suave y nacarada. El roce sobre mi piel fría y solitaria de esas flores apagadas. Y ese canto adormecido de aquel río inquieto y fresco, que, sin quererlo, guiaba mis pasos hacia su encuentro. Cerré los ojos un momento. Estaba segura de que todo era un sueño; de que en realidad todo aquello no era más que una ilusión al desencuentro; la evasión de cada uno de mis pensamientos anclada a aquel paraíso desierto. Y todavía con los ojos cerrados, inspiré aquel aire dulce y sosegado. No me importaba. Sabía que, en aquel momento, la vida no era más que eso. Seguir caminando por ese sendero trazado y estrecho; volver a tener tiempo de mirar esas nubes grisáceas enredadas a aquel cielo negro; llegar a sentir bajo mis pies la tierra húmeda y abandonada. Aunque por poco tiempo. Pronto, el silencio se vio quebrado por un leve pero imponente estrépito. Abrí los ojos, y Sigue leyendo

las palabras dictadoras

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Ayer soñé. Soñé con un viejo y solemne escritor de libros que, por alguna razón extraordinaria, había desarrollado un miedo irracional hacia su antigua mecanográfica. Decían que, después de años y años de novelas publicadas, de pronto, sus palabras se habían detenido sin lograr encontrar de nuevo las ganas. Alguna vez escuché en el metro que todos sus triunfos golpearon su mente hasta detenerla para siempre. Otras, que se había cansado de sus historias flacas e inertes.

Fuera como fuese, Sigue leyendo

Despierta

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01h27. 19 de Mayo. Se cerraban mis ojos. Sigilosos, despacio. Había sido un día largo. Y no podía dejar de imaginar cómo se enredaban mis pestañas entre ellas, logrando así encontrarse con el sueño que todavía no quería llevarme. Iba en el último tren de la noche. El tren de las tinieblas, como me gustaba llamarle. Recuerdo cómo se anudaba mi dedo índice alrededor de mi rubia y acortada melena. Cómo dibujaban una y otra vez mis dedos, ese irreal tatuaje sobre mi muñeca derecha. Siempre había querido una palabra. Corta, desdibujada. Y dentro de un triángulo. Pero nunca había sido capaz de encontrarla. Fue en ese momento cuando, la suavidad de mis dedos volvió a contagiarme del sueño eterno. Y aunque todavía no había llegado, aunque todavía se mecían mis pies al ritmo de aquel vagón solitario, no pude evitarlo. Apoyé mi cabeza sobre mis manos. Suaves, discretas. Y tratando de perderme un segundo en esa oscuridad serena, se cerraron mis párpados. No sé cuánto tiempo pasó pero, lo siguiente que sentí fue el tacto de una mano aferrándose a mi sombra rendida en el arrastre. Mi cuerpo se contagió en el sobresalto. No, no no… No podía haber pasado… Abrí los ojos, pero vi que apenas nada había cambiado. Seguía sentada frente al mismo señor de corbata y sombrero demasiado anticuado. La misma pareja del fondo volvía a darse esos besos como si nunca antes los hubiesen probado. No había pasado nada. No me había saltado mi parada. Respiré tranquila, y admiré como llegábamos a la penúltima estación antes de mi bajada. Y entonces vi algo. Vi como una chica, de espaldas, trenzaba su pelo rubio, acortado, con un triángulo tatuado sobre su muñeca pequeña y delgada. Y se cerraron las puertas. Me levanté de un salto, y corrí hasta empujarlas con fuerza. Y dio resultado. Encontré la salida. Y me abracé a una carrera infinita. Subí unas escaleras. Recorrí lo que parecieron un centenar de pasillos en tinieblas. Pero no la encontré a ella. Volví cabizbaja al andén con dirección a ninguna parte. Esperando a que viniese cualquier guardia enseguida a echarme. Y esperé y esperé pero nunca vino nadie. Abracé mi cuerpo, intentando dejar atrás todo el frío que trae consigo el desengaño. La ilusión corrompida en un centenar de cristales sin vida, quebrados. ¿Por qué me había levantado? ¿Por qué había perseguido a una mujer sin un motivo justificado? Y cuando perdí la cuenta de todas las horas que habían pasado… Volví a verla. Volví a encontrármela otra vez de cerca. Otra vez de espaldas. Giré mi mano, intranquila, exaltada. E intenté rozar su piel, tan parecida a la mía. Y todas sus pecas. Mis pecas. Esa cintura demasiado estrecha. Esas manos finas y pequeñas. Leí en la curvatura de su espalda, el estremecimiento que también recorría la mía, sobresaltada. ¿Me estaba mirando a mi misma? No lo entendía. Pero a la vez algo me aseguraba que sí era lo que veía. Reuní el valor y… Lo hice. Giré tu cuerpo y busqué en tus ojos mi mirada perdida. Fugaz y efímera. Y cuando te diste la vuelta, cuando de verdad esperé encontrar mi reflejo en tu cara desierta… Agarré con fuerza tu muñeca. Y leí la palabra escrita con tinta negra. Despierta.

Abrí los ojos rápida, y me levanté de un salto. Me había dormido en aquel tren ruidoso y oxidado.

 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

el ayer no vuelve a mi baúl viejo

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Ayer soñé. Soñé que me compraba un baúl raído y polvoriento para guardar todos mis sueños dentro. Las cámaras analógicas, ese centenar de revistas de moda y algunos de mis cuadernos. Y cuando, con todas mis fuerzas, lo arrastraba por el suelo, me di cuenta de que, para que ese baúl encontrase un sitio en mi cuarto, tenía que tirar un montón de recuerdos. Dejé el baúl a un lado, y con pasos lentos, me dirigí hasta ese pequeño armario de madera cuarteada y segundos pasados, en los que de pequeña guardaba todas las cintas VHS de mis películas favoritas. ¿Hacía cuánto no las usaba, ocho, nueve años? Sabía que había llegado el momento de tirarlas, eran demasiadas. Sólo que en todas sus carcasas, se abrazaban todas esas horas que me abandonaron rápidas y silenciosas. Todos esos instantes en los que creía en el bien y en la magia; En que los deseos se cumplen si los pides con fuerza; En que el tiempo jamás nos abandona. Pero no es verdad. Nada de todo eso es verdad, y ahora me siento engañada y sola. ¿Por qué no puedo volver?¿Por qué la vida no me enseñó a valorar más cada uno de esos días, que se escurren rápido entre nuestras manos de niño, llenas de pintura y tierra? Ya se han ido. Sé que ya no volveré a ser pequeña. Y ahora sólo tengo un baúl lleno de un futuro incierto en esta habitación llena de polvo y esperanza. Porque es mentira, no lo he soñado. Ayer tiré mis películas, y hoy no puedo pensar más que en todo lo que se perdió en el tiempo y en esa herida que sigue profunda y abierta. 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

el color perdido

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Esta mañana se abrió una diminuta grieta en mi corazón inocente y solitario. Ocurrió de pronto. Cuando yo aun dormía bajo esas sábanas de algodón con olor a nostalgia y a verano. Todavía no sé cómo explicarlo. Sólo sé que soñaba contigo. Con ese rostro cenizo que nunca volvió a buscarme. Con esa mirada perdida en todos los años que vivimos mejores a ese preciso instante. Creo que mis recuerdos me devolvieron a aquel segundo en el que nuestros cuerpos se perdieron en el desencuentro. En el que nuestras manos dejaron de buscarse, hallando entre ellas un muro cimentado sobre todas esas promesas que jamás cumplimos, sobre todas esas palabras de amor que ya dejamos de decirnos. Y justo tú me miraste. Sigue leyendo